Entré en la habitación y cerré la puerta detrás de mí sin encender la luz.
El silencio era absoluto, pero dentro de mi cabeza todo eran gritos.
Me quedé parado en la oscuridad durante un buen rato, apoyado en la madera fría, respirando hondo. Intentando procesar lo que acababa de pasar ahí fuera.
Lo que había hecho.
Lo que había dicho.
Nara.
Hablé de Nara con ella.
Con Mariana.
Me pasé la mano por la cara, sintiendo cómo la barba de varios días me raspaba la palma. Hacía años que no hablaba de