Me desperté con una sensación extraña.
No era el silencio de la habitación, ni la luz de la mañana que entraba por las rendijas de la persiana. Era el peso, el calor y el olor.
Ella.
Mariana estava acurrucada contra mi pecho, con la respiración lenta y profunda de quien todavía duerme a pierna suelta.
Su pelo se había esparcido sobre mi brazo, tenía su mano apoyada en mi pecho y su pierna entrelazada con la mía.
Como si hubiera estado ahí toda la vida y ese fuera el lugar más natural del mundo.