Adriano me alcanzó entonces, sonriendo.
—La noche aún es joven, y una mujer tan bella no debería estar sola. ¿Me concederías este baile?
La verdad es que me pilló totalmente por sorpresa; ni me había fijado en que la música había cambiado. Suspiré, dudando un poco, con la mirada volando hacia Rodrigo.
Él no se movió, pero su postura se volvió más rígida; tensó los hombros bajo el esmoquin perfecto.
Y fue precisamente eso, ese control absoluto que él exigía, lo que me hizo decidirme. Por pura pr