Un escalofrío familiar me recorrió el brazo, pero lo ignoré.
— Y no voy a ser yo quien lo haga llevando esto puesto —añadí, señalando mi vestido rojo y la absoluta falta de bolsillos o sitios para esconder nada que no fuera un pañuelo.
Una sonrisa lenta y peligrosa asomó a sus labios. No era una sonrisa de alegría; era la sonrisa de un depredador que acaba de cerrar el cerco.
— No, tú no. Tú vas a distraerlo.
— ¿Qué?
— Te acercas y haces como que tropiezas, dejando caer una copa de champán... u