Cap. 114
Asentí con la cabeza, con una sonrisa profesional y vacía, aceptando el papel. Era un disfraz creíble, como una jaula de oro que me mantendría pegada a él, pero que también me daba cobertura para moverme si tenía cuidado.
Fuimos al coche, un seguridad nos abrió la puerta y entramos, sentándonos en lados opuestos del asiento trasero. El espacio era grande como para no tocarnos, pero demasiado pequeño para escapar de la tensión de su presencia.
Él rompió el silencio primero, sin despegar