Pobre Elara
Atravesé el vestíbulo con la cabeza gacha, intentando ignorar el repentino cambio de ambiente. Normalmente, la hora punta de la mañana era un torbellino de gente corriendo hacia sus escritorios, pero hoy se sentía diferente. Podía ver pequeños grupos de empleados reunidos, con voces bajas y urgentes, y al pasar, sus miradas me seguían. No tenía energía para preguntarme por qué cotilleaban o cuál era el último rumor de la oficina, porque todavía me dolía la cabeza por la falta de sue