El ambiente en la sala de juntas estaba viciado, impregnado del aroma de un perfume caro y de la tensión eléctrica que aún persistía desde su primer encuentro. Sloane estaba sentada frente a Julian, con la espalda rígida como una línea de desafío, su traje a medida como una armadura. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas intentando borrar de su piel el recuerdo de sus manos, tratando de convencerse de que el hambre visceral y animal que habían compartido había sido un lapsus momentáneo