Eran casi las diez cuando Leonidas detuvo el coche ante la casa de Alice y tomó a Marisa entre sus brazos para darle un beso cargado de anhelo y pasión que amenazó con desmoronar por completo el frágil control que ya apenas lograba ejercer sobre sí misma.
Fue Leonidas el que se apartó finalmente de ella.
-Vete -dijo con voz ronca-. O te llevo a mi apartamento. Tú eliges.
-No puedo -susurró Marisa , y supo que mentía. Habría sido tan fácil irse con él, tan fácil...
-En ese caso, vete ya.
Marisa