Eva
Dicen que cuando entregas tu alma, entregas todo lo que eres. Nadie me advirtió que también recibes algo a cambio.
La mañana llegó con esa sensación extraña que se había vuelto habitual en las últimas semanas. Desperté sobresaltada, con el corazón latiendo desbocado y un sabor metálico en la boca que no me pertenecía. Sangre. Pero no era mía.
Me incorporé en la cama, pasando los dedos por mis labios. Estaban secos. Sin embargo, podía jurar que había estado bebiendo sangre mientras dormía. L