81. Luces de la tarde
Tan firme como el acero que llevaba en la mirada.
Aun así, su postura lo traicionaba, sus hombros tensos, los puños cerrados.
La mandíbula rígida, marcada por líneas de angustia.
Se pasó una mano por el cabello, respirando hondo, como si cada inhalación fuera otra batalla.
Recordó el instante en que Shaya perdió el conocimiento entre sus brazos. La sensación de su cuerpo volviéndose liviano, las manos frías, el pulso errático. Ese pánico helado que le perforó el alma, la voz que no le obedecía