60. Un lugar propio
La soledad que le ofrecía el futuro se dibujaba como una sombra alargada. Sus manos, todavía marcadas por la violencia, se apretaron hasta que los nudillos lucieron blancos. Claudia, en el suelo, finalmente logró incorporarse con ayuda. Su orgullo había quedado hecho añicos. La ambición que la había impulsado le había devorado la tranquilidad. Y en la mirada, ahora había un destello de pánico, la certeza de que las piezas del tablero ya no estaban bajo su control.
—No me vas a dejar así —murmu