54. Un Beso Sin Permiso
Ella frunció el ceño.
—¿Y tú qué ganas con eso? —preguntó con fingida cautela.
—A ti —respondió sin dudar.
El silencio volvió a caer, denso. Shaya lo miró largo rato, buscando alguna fisura en su convicción, pero no encontró ninguna.
Eryx hablaba con la serenidad de quien ya había elegido arder.
Más tarde, subieron a la habitación principal. Shaya se quitó los pendientes frente al espejo, su reflejo la observaba con una mezcla de extrañeza y vulnerabilidad. Eryx se acercó lentamente, posan