14. Un Hombre que estremece
La noche había sido larga, demasiado larga para una mujer que se sentía atrapada en medio de un tablero donde cada movimiento no dependía de su voluntad, sino de los caprichos y deseos de otros. Shaya se encontraba sola en la inmensa residencia de los Allen, sentada en un sillón de terciopelo color esmeralda, frente a la ventana que daba hacia el corazón iluminado de Nueva York. Afuera, las luces de la ciudad brillaban como estrellas artificiales, pero ninguna lograba iluminar el pozo oscuro de