Cap. 98 Cuando uno quiere un plato en esta mesa
Una sonrisa lenta, casi audible, llegó a través de la línea.
—Ah, hijo. Por fin estás aprendiendo a jugar como un Bianchi de verdad. No con golpes de pecho, sino con tijeras en la sombra.
—Se escuchó el ruido de un encendedor.
—Déjame hacer una llamada. Esa clínica... sonará como un trueno en los oídos adecuados. Y en cuanto a los Sartori... tengo dos nombres. Un periodista de investigación en Milán que odia a los Sartori desde que lo humillaron en una subasta.
Y una mujer en el Ministerio de Sanidad suizo que debe favores... favores muy grandes. La clínica cerrará sus puertas antes de que la luna sea nueva.
—¿Y Chiara? —preguntó Ares, el nombre un veneno en su boca.
—Chiara —dijo Bárbara, y el odio en su voz era una sinfonía perfecta— necesita un recordatorio de su lugar. Una lección pública. Algo que le arranque su máscara de elegancia y muestre la podredumbre. Déjamelo a mí. Para la hora de la cena, tendrás un regalo. Un primer pago por... por ver a mi nieto algún día.
Ares asint