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El auto rugía contra el asfalto, devorando la carretera con una urgencia que sentía arder en mi propia piel.

El viento se filtraba por las ventanas entreabiertas, azotando mi cabello, mezclándose con la respiración acelerada que no podía controlar.

Santiago conducía con el ceño fruncido, su mandíbula apretada, sus dedos firmes alrededor del volante como si estuviera sosteniendo algo más que un auto.

Como si es

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