El cielo de la Ciudad de México no se rompió; se disolvió. Tres estelas de fuego cromático —dorado, violeta y negro absoluto— rasgaron el manto purpúreo que cubría el Zócalo, impactando contra la plancha de concreto con la fuerza de un juicio divino. La onda de choque pulverizó los vidrios de los edificios coloniales y barrió a las sombras de la Legión del Abismo como si fueran ceniza al viento.
En el centro del cráter, el humo se disipó para revelar a los tres que habían regresado del Sexto C