OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 9.
Cada noche, antes de dormir, me recuerdo a mí misma los errores que cometí en el pasado. No es algo voluntario; no es una reflexión tranquila ni una lección aprendida con serenidad. Es una tortura silenciosa que regresa una y otra vez, clavándose en mi mente justo cuando cierro los ojos. Los recuerdos se amontonan, se superponen, y el peso de cada decisión equivocada oprime mi pecho con tal fuerza que a veces me cuesta respirar. El dolor se instala profundo, constante, impidiéndome conciliar el sueño, como si mi propia conciencia se negara a concederme descanso.
El principal error que cometí fue pensar que la única manera en la que podría deshacerme de Gabriel Dunne y de aquel compromiso opresivo que me ahogaba era ayudando a la persona que más daño le hacía: el doctor Fabricio Mallory. En ese entonces, esa idea parecía lógica, casi inevitable. Yo estaba desesperada, atrapada entre las expectativas de mi familia, una boda que nunca quise y un hombre al que llegué a despreciar con una