CAPÍTULO 32
Como si todos estuvieran sacados de una película, las dos patrullas se estacionan detrás del auto de mi padre. Las luces de los faroles me ciegan por momentos, por lo que tengo que ubicar mi mano por encima de mi mente para cubrirme los ojos un poco.
Me pongo de pie, deseando que no me maten y rezándole al espíritu santo que no muera a tan temprana edad.
Casi de forma sincronizada, Damián y Emma bajan del coche azotando la puerta y ven, boquiabiertos, el desastre entre los muert