32. Solo pídemelo y te saco de ese infierno.
La llevó a la cama y la desnudó con increíble ternura. Un lado de luz plateada iluminaba cada pedazo de piel expuesta… enloqueciéndolo; y mientras la recorría entera a besos, sus ojos no echaron de menos la expresión de deseo en el rostro de su joven esposa, cada gesto, cada pequeño y suave suspiro que salía de su boca.
Probó la piel de sus caderas, del plexo solar y la curvatura de sus frondosos pechos. Ansioso, llenó una de sus manos con ambos, primero uno y después el otro. Eran del tamaño p