31. ¿Sigues amando a Cesar?
— Tu mano — le pidió Ana Paula a su esposo con ternura.
Santos obedeció sin quitarle los ojos de encima. La luz plateada que entraba por la ventana y rodeaba su anatomía, la hacía lucir frente a sí como un ángel celestial, imposiblemente bella.
Se quejó entre dientes cuando el desinfectante hizo contacto con la piel de sus nudillos.
— Lo siento, ya casi acabo — musitó ella, sonrojada, y con dulce delicadeza, procuró ser lo más cuidadosa posible para no seguir lastimándolo. Segundos más tarde,