—¡Suéltame! —intentó liberarse, pero le resultó imposible al verse atrapada en esas manos que parecían grilletes.
Los labios del hombre buscaron su boca y ella lo esquivó rápidamente.
—¡No! ¡No quiero que me beses!
—Últimamente eres tan insoportable —gruñó, soltándola con rabia.
—Si no me soportas como dices, deberías entonces no volver a llamarme.
—¡Te llamaré las veces que me dé la gana! —repuso.
—¿Y qué hay de tu prometida? ¿Acaso no te complace?
—Isabella es muy buena cama —dijo con total d