De camino a la casa de sus padres se quedó dormida. No era su intención. Simplemente, su cuerpo colapsó en un determinado momento.
Cuando abrió los ojos de nuevo, el pánico se apoderó de ella como un manto del que no podía deshacerse.
—¡Marcos, no; por favor, te lo ruego! —Sostuvo su brazo con los ojos tan rojos e hinchados que ya ni siquiera sentía que le pertenecieran.
Pero el hombre no le hizo caso: abrió la puerta del auto y bajó. Puso su cerebro a trabajar a toda marcha mientras lo veía ro