Aitara se levantó de un salto, aterrorizada como nunca antes lo había estado en su vida.
—Estás embarazada de mi hijo, pero lo ibas a abortar —se acercó Marcos en dos zancadas, sujetando su brazo y sacudiéndola hacia adelante. Su cabeza chocó contra su pecho y pudo sentir cómo el cuerpo del hombre temblaba de pura furia—. ¡Y ni siquiera me lo ibas a decir!
No tenía palabras para defenderse ni decir nada, porque justo eso era lo que iba a pasar.
—¿Lo ibas a hacer, Aitara? —Tomó su barbilla, alzá