Selene jadeó y su expresión se tornó tan pálida como si, en lugar de estar observando al niño que había acogido como un sobrino, estuviera viendo a otra persona.
—¿Marcos?
En ese momento, Alejandro y ella compartieron una mirada. La mirada decía más que mil palabras y era evidente que los dos estaban pensando exactamente lo mismo.
—¡Fuera de mi casa! —trató Alejandro de echarlo.
—No, no me iré —se impuso el más joven—. Aitara está esperando a mi hijo y no voy a permitir que intente volver a abo