Y antes de que Marcos pudiera interceptar a Adrián, quien ya se había ido sin darse cuenta de nada de lo que pasaba, se acercó a él con pasos decididos.
Mala idea; se dio cuenta demasiado tarde.
Apenas lo tuvo enfrente cuando la tomó por los hombros y la pegó con fuerza a la pared:
—¿A qué diablos estás jugando? —gruñó con la nariz arrugada y ese aire demoníaco que la hacía temer.
—A nada. Suéltame —siseó en voz baja.
No era el lugar idóneo para este tipo de escenas, pero él no parecía darse cu