«¿Desde cuándo tenía planeado esto?».
Me gustaría preguntarlo, pero no me da tiempo a nada. Vuelve a caminar sin soltarme la mano, llevándome con él.
Los dos guardias que custodian el final del corredor se enderezan un poco más al verlo, pero basta un solo gesto de Maximilian para que ambos se marchen.
No dejo de observarlos alejarse por el pasillo y, cuando me giro para preguntarle a Maximilian por qué ha hecho eso, él se detiene frente a unas puertas dobles de madera oscura, con grabados dorados alrededor y el escudo real tallado en el centro.
—¿Por qué los has despachado?
—Privacidad.
Es todo lo que responde, como si con eso bastara. Y no lo entiendo, juro que no comprendo para qué carajos pide privacidad.
—Ni que vayamos a tener sexo —digo con fastidio.
Maximilian me mira a los ojos con las facciones endurecidas, y aunque me cuesta, le sostengo la mirada.
—¿Qué? —enarco una ceja—. Es la verdad. ¿O es que acaso también te pegó de manera repentina consumar este matrimonio?