El escalofrío es contundente, pero no dura demasiado. Harriet vuelve a decirlo y el nombre cae, pesado, destructivo, y todo en mí se tensa.
Tadmor.
«No, no, no…».
Mi respiración se corta; el aire que estaba comenzando a entrar bien en mis pulmones, deja de hacerlo. Siento el pulso en la garganta, en las sienes, en cada rincón de mi cuerpo y comienzo a temblar.
Mi pecho sube y baja con solo la mención de ese lugar.
Quise olvidarlo, quise dejarlo atrás. Quise borrar de mi memoria de todo lo que v