Los segundos pasan, el brazo me arde, las lágrimas no dejan de rodar por mis mejillas, estoy hecha un desastre. Pero lo único que me importa es recomponerme lo suficiente para no darle la maldita satisfacción.
Me niego. Maximilian no merece nada de mí. Ni siquiera la rabia interna que siento dentro de mi pecho.
Levanto la mirada hacia la puerta, el portazo aún resuena en mi cabeza. Las paredes de la habitación parecen seguir retumbando con el eco de su voz cuando me gritó.
«Yo también puedo grit