Un tenso silencio se había instalado en el despacho del padre de Corleone desde el momento en que cruzaron la puerta. La atmósfera era sofocante, cargada de emociones contenidas y miradas afiladas. Esaú, con los puños cerrados y la mandíbula tensa, fulminaba con la mirada al hombre que tenía frente a él. Su enojo era palpable, casi tangible.
Corleone se mantenía alerta a cada uno de los movimientos de Esaú. No descartaba la posibilidad de que el hombre perdiera el control en cualquier momento y