Una aliada inesperada l.
—¡Sisi!.—Grito, al sentir a su pequeña niña pulverizarse. —Esta muerta. —El tatuaje que tenía de ella en su espalda se difuminaba.
—Se borro su tatuaje señora.—Peggy, la servil de confianza estaba a su espalda. Ordenando alguna de sus prendas.
—Lo sé, mi niña no fue astuta, debo marcharme.—Estaba en rojo, algo débil por falta de su energía principal. Las serpientes eran parte de su nucleo vital, en especial Sisi que había descarnado de ella, de su propia carne.—Tengo que marcharme del palacio,