El desayuno se convirtió en una extensión incómoda de la noche anterior, una escena cuidadosamente armada donde cada gesto parecía ensayado y cada palabra medía su impacto antes de salir, como si todos fuéramos conscientes, aunque nadie lo dijera, de que algo había cambiado y no iba a volver a su lugar original. Mi madre se movía con naturalidad entre la mesa y la cocina, dando instrucciones suaves al servicio, sonriendo en los momentos exactos, como si nada en su mundo se hubiera alterado, mie