No hubo ruptura cuando la nueva fase se activó. Hubo continuidad sin nosotros en el centro.
Y esa diferencia fue lo primero que dolió.
No como dolor físico, ni siquiera emocional en el sentido clásico, sino como una dislocación precisa en la forma en que la realidad nos había estado utilizando como eje operativo hasta ese instante y, de pronto, dejó de hacerlo sin eliminar nuestra presencia, sin expulsarnos, sin romper la coherencia que habíamos ayudado a sostener, simplemente desplazándonos ha