El primer indicio de que algo había cambiado no fue una reacción externa ni una nueva presión sobre nosotros, sino un fallo mínimo en la continuidad de la percepción, una especie de interrupción tan breve que el cerebro tardó en decidir si había ocurrido realmente o si había sido una fluctuación interna, pero ese instante bastó para revelar lo impensable: el sistema no solo estaba respondiendo a la presencia, estaba perdiendo consistencia en su propia capacidad de sostener la realidad como algo