—Señorita Sibel… —ella se giró en el momento.
Estaba descalza en el jardín, de cierta manera despidiéndose de la comodidad de la mansión, cuando Sora se detuvo frente a ella.
—El jefe… me pidió que la llevara… a donde usted quisiera… —el nudo se le hizo muy grueso en la garganta—. ¿Tiene las cosas listas…?
Sibel asintió de forma lenta.
Tenía solo una maleta de sus cosas verdaderas, y lo que habían recuperado de la mansión de su padre hace algún tiempo.
No se llevaría una sola cosa de lo que Ivá