CAPÍTULO 26. No puedo irme sin ti...
Si al Ministro de Defensa no le había dado todavía un infarto, era evidente que faltaba muy poco. Y sus asistentes acataron todas aquellas órdenes que casi eran gritos, a punto de ensuciar sus distinguidos pantalones.
Quince minutos después Marianne tenía asignada su camioneta, su guardaespaldas y en la tarde le entregarían las llaves de su nuevo departamento. Gabriel se subió al volante cuando salieron de la casa, y lo único que le produjo satisfacción fue escuchar cómo el Ministro se quedaba