- ¿Por qué lo preguntas? –Miraba atento las luces del semáforo.
- Pensaba salir a buscar…–Antes que terminara la frase, volteó a verme. Tenía el ceño fruncido y los ojos rojos como el carmesí.
- ¿Qué dijiste?
- Nada –susurré.
- No tardaré más de dos horas –volvió a ver las pistas a través de la luna delantera–. Cuando regrese, quiero encontrarte en casa.
- De acuerdo –asentí sin atreverme a mirarlo–. Te amo.
Respondió con un cacofónico ruido de motor que asfixió mis palabras, perdiéndolas en un