68. ¿Tú también lo quieres?
El aire se sentía diferente.
Era diferente.
No había presión, miedo, dudas… y sobre todo… miedo. Regresamos después de cenar y tras una caminata alrededor del parque central. Oliver se había mantenido abrazándome como si no pudiera dejarme ir. Me olfateaba el cuello cada que podía, provocándome unas leves cosquillas.
—Oliver, cálmate —reía un poco.
—Es que no puedo, ma petite biche (mi pequeña cierva), tu olor cambia tanto…
—Oliver, ¿de qué hablas?
No respondió, gruñó. Me acorraló contra