67. ¿No lo recuerdas?
El letargo silencio nos acunaba, solo apagado por el sonido de los grillos.
El frío de Connecticut chocaba contra nuestros pechos.
Los ojos de Oliver me escudriñaban con detenimiento. Dio un paso hacia mí. Retrocedí. A pesar de que sus ojos eran templados, poco a poco se sentía un aura de lobo cazador mientras me convertía en una simple presa.
—Katherine —arrastró mi nombre con su acento—. Dilo de nuevo. Quiero escucharlo de tu boca. Sin gritos. Sin dolor. Quiero que lo digas con sinceridad.
Sus