Su mano, suspendida como la oportunidad que gritaba ser tomada.
Dude.
Sus ojos, brillantes como esmeraldas, me atrapaban. Decidí dar el paso. Tomé su mano. Firme. Cálida. Era suficiente para que todo el frío otoñal desapareciera solo unos segundos. No había ni un ápice del Oliver despiadado, sino de alguien listo para hacerme suspirar. Con delicadeza me ayudó a salir del auto, tomando mi mano para guiarme.
No me soltó.
Era la sensación de asegurarse de que no escapara. Comenzamos a caminar p