40. Grecia
Hubo un silencio incómodo que se llevó todos los sonidos.
Ni siquiera el tic-tac del reloj que había en la oficina se escuchaba. Sus ojos, viscerales, se posaban en mí. Eran oscuros, suficientes para competir con la misma noche. No había rastro de ojos jadeantes, no; era como si algo se hubiera perdido y despertado algo más peligroso.
Algo que me decía que corriera, pero al mismo tiempo que lo aceptara.
Él era como sumergirse en un mar de aguas profundas en pleno día. Era cálido, pero no sabía