36. Una condición
El aire se encrispaba.
Su sonrisa egocéntrica se mantenía.
Mi pecho subía y bajaba por la rabia.
Era la manzana que la serpiente le ofreció a Eva.
Una sonrisa pícara que buscaba estabilizarme. Parecía la solución a mis problemas. Dejé escapar un fuerte exhalo y, tras unos momentos, levanté mi cabeza levemente:
—No —dije con temblor en la voz.
Mi voz apenas salió de mis labios. Mi cerebro aún intentaba entender que mi decisión podía afectarme en un futuro. Mis ojos se fijaron en los suyos, que s