4. No te conozco

POV LEAH NEVILLE

​El frío del metal contra mi espalda era lo único que me recordaba que seguía viva.

​Minutos antes, estaba rodeada de risas, copas de cristal tallado y el perfume caro de la élite de Oakhaven. Ahora, el aire me faltaba. El cuarto de servicio olía a productos de limpieza y a algo mucho más perturbador: el aroma de un hombre que parecía haber salido de las entrañas de la tierra para reclamarme.

​—¿Quién eres tú? —mi voz salió como un hilo quebrado, un susurro que se perdió entre el pecho de ese extraño y mi propia agonía.

​Él no respondió de inmediato. Sus ojos, de un azul tan gélido que me quemaba la piel, me recorrieron con una intensidad que me hizo temblar. No era la mirada de un secuestrador común; había algo en la forma en que apretaba su mandíbula, una mezcla de odio purulento y una familiaridad que me revolvía el estómago.

​—Shhh... —siseó. Su mano, grande y callosa, volvió a presionar mis labios. No me lastimaba, pero su fuerza era absoluta—. Si gritas, si intentas hacer una estupidez, voy a salir ahí fuera y voy a convertir tu preciosa fiesta de aniversario en una carnicería. ¿Entiendes?

​Asentí frenéticamente, con las lágrimas desbordándose y empapando sus dedos. Él me soltó bruscamente y me sujetó del brazo, arrastrándome hacia la salida trasera del hotel. Intenté plantar los pies, intenté luchar, pero él me movía como si yo no pesara nada.

​—¡Suéltame! ¡Por favor! —supliqué cuando llegamos al callejón oscuro donde un auto negro esperaba con el motor en marcha—. Mi esposo... Peter... él te dará lo que quieras. Dinero, joyas, lo que sea. Solo déjame ir.

​Al escuchar el nombre de Peter, el hombre se detuvo en seco. Sentí cómo sus dedos se hundían en mi brazo con una fuerza que me hizo soltar un gemido de dolor. Se giró hacia mí, y por un segundo, creí que me golpearía. Su rostro estaba desfigurado por una furia tan pura que me heló la sangre.

​—Sube al auto, Leah —gruñó, abriendo la puerta del copiloto—. Ahora. O juro por mi vida que Peter Grayson será el primero en morir esta noche.

​El terror me paralizó. No era una amenaza vacía. Había una convicción letal en su voz. Me subí, encogiéndome en el asiento de cuero mientras él rodeaba el vehículo y se ponía al volante. El motor rugió y salimos disparados hacia las afueras de la ciudad.

​El trayecto fue una tortura silenciosa. Observaba por la ventana cómo las luces de Oakhaven se desvanecían, reemplazadas por la oscuridad absoluta de la carretera que se internaba en el área boscosa. Cada vez que me atrevía a mirarlo por el retrovisor, me encontraba con sus ojos fijos en mí, pesados, juzgándome. Lo más aterrador no era su violencia, sino cómo mi propio cuerpo reaccionaba ante su cercanía. Sentía un calor extraño en el pecho, un hormigueo en la piel que me gritaba que ese hombre no era un desconocido, aunque mi mente insistiera en que jamás lo había visto.

​Era una traición de mis sentidos. Mi corazón latía desbocado, no solo de miedo, sino de una agitación que no podía explicar.

​Finalmente, el auto se detuvo frente a una propiedad aislada, rodeada de árboles altos que parecían garras contra el cielo nocturno. En cuanto escuché el clic del cierre centralizado liberándose, el instinto de supervivencia tomó el control. Abrí la puerta y salté del auto antes de que él pudiera reaccionar.

​Corrí. Corrí con el vestido de seda enredándose en mis piernas, con los tacones hundiéndose en la tierra húmeda. El aire gélido me quemaba los pulmones, pero no me detuve. No sabía a dónde iba, solo sabía que debía alejarme de ese monstruo.

​—¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas, sintiendo que mi garganta se desgarraba—. ¡Alguien ayúdeme! ¡Por favor!

​Unas manos poderosas me sujetaron por la cintura desde atrás, derribándome. Caí de rodillas sobre la hierba y él cayó sobre mí, inmovilizando mi cuerpo con el suyo. Su peso era abrumador, una presencia que me asfixiaba.

​—¡Ayuda! —volví a gritar, golpeando el suelo con desesperación.

​Él soltó una carcajada seca, un sonido amargo que me erizó los cabellos de la nuca.

—Grita todo lo que quieras, enana. Nadie va a escucharte aquí. Estamos a kilómetros de cualquier rastro de civilización.

​Me giré bajo su cuerpo, quedando atrapada entre la tierra y su pecho. Mis sollozos eran incontrolables ahora.

​—Por favor... —imploré, uniendo mis manos en un gesto de súplica—. Te daré lo que necesites. Dinero, mi familia tiene dinero... Peter puede darte todo lo que pidas. Solo déjame volver a casa.

Aquel hombre explotó. Se puso de pie de un salto y me levantó del suelo por los hombros, sacudiéndome ligeramente.

​—¡No vuelvas a mencionar a ese hombre! —rugió, y su voz hizo eco en el bosque silencioso—. ¡Ni una sola vez más, Leah!

​Me encogí, ocultando el rostro entre mis manos, esperando el golpe que nunca llegó. En su lugar, sentí algo que me confundió aún más. Sus manos, que hace un segundo parecían querer quebrarme, se suavizaron. Con una lentitud tortuosa, apartó mis manos de mi cara y, con sus pulgares, limpió las lágrimas de mis mejillas. Su toque era extrañamente delicado, casi tierno.

​Se inclinó y dejó un beso suave, casi casto, en mi mejilla. El contraste me hizo estremecer de una forma que odié.

​—No voy a lastimarte, enana —susurró contra mi piel, y por un momento, su voz volvió a sonar como si fuera la cosa más real de mi mundo—. Solo quiero lo que me prometiste.

​Lo miré con irritación, el miedo mezclándose con una rabia impotente. —¿De qué hablas? ¡No sé quién eres! ¡Jamás te había visto en mi vida! Eres un completo desconocido, un criminal que me ha secuestrado. ¿Qué clase de promesa podría haberte hecho yo?

​Él apretó mi mandíbula con sus dedos, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos buscaban algo en los míos, una chispa, un reconocimiento que yo no podía darle, no lo conocía.

​—No sé si elegiste olvidarme para lavar tu conciencia o si fue producto de aquella noche —dijo, y su voz era ahora un hilo de acero—. Pero tú, Leah, eres mi mujer. Fuiste mía antes de que ese imbécil te pusiera una mano encima, y no voy a permitir que continúes al lado de ese hombre ni un segundo más. Te haré recordar. Te haré sentir cada una de las marcas que dejé en ti. Y tu querido esposo... él va a pagar por haberme hecho aquello.

​—¡Te equivocas! —grité, intentando zafarme de su agarre—. Peter es un hombre excelente. Es un fiscal respetado, un hombre incapaz de hacer nada malo.

​Soltó una risa perversa, una mueca que me hizo darme cuenta de que estaba en manos de alguien que no tenía miedo a nada.

​—¿Eso crees? —repitió con desprecio—. Ese hombre me robó todo, Leah. Me robó mi carrera, mi libertad, y al parecer, también te robó a ti usando tus lagunas mentales como su patio de juegos. Pero voy a recuperarlo todo. Voy a hacerlo pagar por cada noche que pasé en esa celda pensando en ti. Y tú... tú me darás la vida que un día me prometiste, estés de acuerdo o no.

​Me sujetó con fuerza y me condujo hacia la casa. Miré hacia atrás, hacia la oscuridad del bosque, dándome cuenta de que mi vida perfecta acababa de estallar en mil pedazos. Peter no estaba aquí. Nadie vendrá a buscarme. Estaba a merced de un hombre que decía que le pertenecía, con la misma intensidad con la que deseaba destruir mi mundo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP