Mundo ficciónIniciar sesiónPOV KURT SPENCER
Flashback de hace 4 años Hay momentos en la vida que se quedan grabados en la retina como una fotografía quemada. Para mí, ese momento tiene el olor del aceite de motor, el sabor de la cerveza barata y el sonido de un cristal estallando contra el pavimento. Esa noche, yo no era el bloque de hielo que soy ahora. Era un tipo de veintiséis años con demasiada confianza y un pincel que sabía capturar la oscuridad mejor que nadie. Me ganaba la vida como pintor independiente, vendiendo cuadros que incomodaban a los ricos y haciendo trabajos que mis "amigos" del barrio preferían no documentar. Tenía talento, pero mis pies siempre estaban demasiado cerca del fango. Estaba en mi departamento, terminando de ajustar mi chaqueta de cuero negra frente al espejo. Elian y los demás me esperaban en El Antro, un lugar donde las reglas eran sugerencias y el boxeo clandestino era la religión local. Estaba a punto de salir cuando el sonido de la llave en la cerradura me detuvo. Solo una persona tenía llave. Solo una persona podía entrar sin avisar y hacer que mi pulso se acelerara como si estuviera a punto de saltar de un avión sin paracaídas. La puerta se abrió y Leah entró. Llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa blanca que resaltaba su piel bronceada. Se veía tan limpia, tan fuera de lugar en mi desordenado estudio lleno de lienzos y botes de pintura. Me dedicó esa sonrisa que solía ser mi única redención. —Hola, grandote —dijo, haciendo énfasis en mi estatura mientras se ponía de puntillas para rodear mi cuello con sus brazos. La estreché contra mí, aspirando su aroma a vainilla. Mis manos bajaron a su cintura, apretándola con una lujuria que nunca lograba saciar. La besé con hambre, con esa posesividad que ella siempre reclamaba como suya. —Pensé que hoy era la cena de gala con tus padres, Leah —le dije, separándome apenas unos centímetros para mirarla—. ¿Qué haces aquí cariño? Ella suspiró, y por un momento, la luz de sus ojos se apagó. —El ambiente estaba demasiado tenso. Mi padre... no puedo verlo a la cara, Kurt. No después de saber que le es infiel a mamá con la mejor amiga de su propia hermana. Es un hipócrita. Preferí escapar antes de decir algo de lo que me arrepintiera. Le di un beso suave en la frente, sintiendo una punzada de rabia hacia el hombre que la hacía sufrir. Leah era demasiado buena para ese mundo de apariencias. Saqué las llaves de mi moto y se las enseñé con una sonrisa de lado. —Ya que estás aquí, vamos a dar una vuelta. Tal vez así se te pase ese enojo que finges no tener. —¿A dónde vamos? —preguntó ella, subiéndose a la parte trasera de la moto y abrazándome con fuerza. —A mi mundo, nena. El Antro era exactamente lo que su nombre sugería: un sótano industrial lleno de humo, testosterona y gritos. En el centro, un ring improvisado donde dos tipos se golpeaban sin guantes ante la mirada sedienta de la multitud. Caminamos entre la gente. Sentía las miradas sobre Leah; ella era un ángel caminando por el infierno, y yo era el demonio que le sujetaba la mano para advertir a cualquiera que se atreviera a acercarse. Nos sentamos en una mesa de madera pegajosa con Elian y el resto de la banda. —¡Spencer! —gritó Elian, dándome una palmada en el hombro—. Pensamos que no vendrías. El tipo de la zona sur está ganando fácil. Sube al ring, hermano. Demuéstrales cómo pega un artista. Sonreí, sintiendo la adrenalina subir por mi columna. Me gustaba pelear; era la única forma de callar las voces en mi cabeza. Pero antes de que pudiera aceptar, sentí la mano de Leah apretando la mía por debajo de la mesa. Me susurró al oído, tan cerca que su aliento me hizo cosquillas. —No lo hagas, Kurt. Por favor. Quédate aquí conmigo. La miré. Sus ojos estaban llenos de una súplica dulce. Le di un beso en la mejilla y me volví hacia mis amigos. —Esta noche no, señores. Tengo mejores planes. Nos quedamos allí, bebiendo cervezas y hablando sobre mi próxima exposición. Leah me escuchaba con una devoción que me hacía sentir invencible. —Este cuadro de la tormenta sobre el muelle... Kurt, estoy segura de que será el que te gane el lugar en la galería nacional —me dijo, acariciando mi mano—. Tienes un don. Eres el mejor, grandote. —No sabría qué hacer sin ti, Leah —le confesé, y en ese momento, lo decía en serio. Ella era mi ancla. Mi única conexión con algo puro. Pero la paz en El Antro nunca duraba mucho. Tres tipos se acercaron a nuestra mesa. Uno de ellos, un idiota con el cuello tatuado que apodaban "El Toro", se detuvo frente a mí. —¿Así que el gran Spencer tiene miedo hoy? —se burló, escupiendo al suelo—. ¿O es que tu niñera no te deja jugar con los hombres? Ignoré el comentario. Leah apretó mi mano, pidiéndome con la mirada que guardara la calma. —Vámonos, Kurt —me pidió en voz baja. —¿Qué pasa, muñeca? —continuó el tipo, viendo que Leah era mi punto débil—. ¿Por qué no dejas que tu hombre se divierta? O mejor aún... ¿por qué no te diviertes conmigo mientras él sangra un poco? El tipo alargó la mano para tocar un mechón de cabello de Leah. Eso fue todo. El "imán de problemas" que llevo en la sangre se activó. Me puse de pie de un salto, tirando la silla, con el puño cerrado y listo para destrozarle la cara. —Ni se te ocurra tocarla —gruñí. —¡Kurt, no! —Leah se interpuso entre nosotros, empujándome suavemente hacia la salida—. No vale la pena. Vámonos. Por favor. Salí del local echando humo, pero mantuve mi rabia bajo control por ella. Leah no se merecía ver esa faceta violenta. Subimos a la moto en silencio. Mientras arrancaba, vi que el auto del tipo, un deportivo rojo pretencioso, estaba estacionado justo al lado. En un arranque de furia infantil, pasé mi llave por todo el lateral del vehículo, dejando un rayón profundo de punta a punta. —¡Kurt! —gritó Leah, asustada. —Se lo merecía —respondí, acelerando a fondo. No habíamos avanzado cinco calles cuando vi las luces en el espejo retrovisor. No era la policía. Era el deportivo rojo. Los tipos nos estaban persiguiendo, gritando insultos desde las ventanillas. —¡Kurt, para! ¡Por favor, detente! —suplicaba Leah, aferrándose a mi cintura mientras yo zigzagueaba entre el tráfico para perderlos. —¡No voy a parar para que nos muelan a golpes! —le grité por encima del viento. El deportivo nos golpeó por detrás. La moto se sacudió violentamente. Mi instinto me hizo frenar en seco para intentar una maniobra evasiva, pero no vi el cruce. No vi el sedán que venía por la derecha. El impacto fue directo. El mundo se volvió un torbellino de metal y cristales rotos. Sentí cómo la moto era arrastrada lateralmente y, en un segundo que pareció durar una eternidad, vi cómo Leah salía despedida por los aires. Su cuerpo voló sobre el asfalto como una muñeca de trapo rota. Caí al suelo, raspándome la piel, pero no sentí dolor. Me levanté tambaleante, con la vista nublada. A unos metros, en el otro auto, el conductor gritaba. La puerta del pasajero del sedán estaba hundida; luego supe que la mujer que iba allí había muerto instantáneamente. Pero mi mundo se reducía a un solo punto: Leah. Estaba tendida en el pavimento, inmóvil. Un charco de sangre empezaba a extenderse bajo su cabeza. Su rostro, antes tan lleno de vida, estaba pálido y cubierto de cortes. —¡Leah! —grité, intentando llegar a ella. No pude avanzar dos pasos. Dos oficiales de policía que patrullaban la zona me interceptaron, tirándome al suelo y presionando mi rostro contra el asfalto frío. —¡Déjenme verla! ¡Es mi novia! ¡Leah! —rugí, luchando contra las esposas que ya cerraban mis muñecas. —Quieto, hijo de puta —gruñó uno de los oficiales—. Acabas de matar a una persona. Gritó mientras me hacía poner de pie y subir a la patrulla. Esa fue la última vez que la vi. Entre el caos de las sirenas y los gritos, vi cómo los paramédicos subían su cuerpo inerte a una ambulancia. Un mes después, estaba sentado en una sala fría de la prisión preventiva. Mi abogado, un tipo que apenas me miraba a los ojos, me entregó los papeles. —Leah Neville está fuera de peligro —me dijo—. Pero su familia ha interpuesto una orden de alejamiento. No quiere verte, Kurt. Ni a ti, ni a tus cartas. Se acabó. No entendía cómo podía ser cierto. ¿Cómo podía la mujer que juró nunca olvidarme darme la espalda en mi momento más oscuro? Como no tuvo siquiera la decencia de venir y decirlo en mi cara. Solo decidió que ya no le importaba y nada más. Días después, el juez golpeó el mazo. La sala estaba llena de gente que me miraba como a un monstruo. Peter Grayson, el joven fiscal estrella que había tomado el caso como algo personal, me miraba con un desprecio absoluto desde su estrado. —Kurt Spencer —sentenció el juez—, por conducción temeraria con resultado de muerte y lesiones graves, se le condena a diez años de prisión sin fianza. Me llevaron a rastras. No luché. Mi mente estaba atrapada en ese último segundo en el aire, preguntándome si Leah, en algún lugar de su mente, todavía recordaba mi nombre. Pero el silencio que recibí de ella durante esos primeros meses y los últimos años fue la condena más real de todas. Ella se había ido, me había abandonado, y yo me quedaba solo en el infierno, muriendo por verla, por tenerla o por simplemente escuchar su voz. Ese amor que pensé que era mi fortuna, se había convertido en una condena mucho peor que esos diez años de sentencia. El tiempo pasó, y como era de esperarse la presión me volvió frío, duro y metódico. Pero algo más creció en mí, resentimiento puro y fiel convicción de que si la vida me había robado todo, yo saldría de allí y arrebataria todo al mundo sin importar el costo.






