Mundo ficciónIniciar sesiónPOV KURT
Lo que dije era cierto. Ella iba a darme la vida que me prometió, quisiera o no. Sé que suena cruel, obsesivo y perturbador, pero la piedad murió en mí el mismo día que cerraron mi celda y el mundo decidió que yo ya no existía. Cuando te arrancan todo, te encierran y botan la llave mientras siguen sus vidas como si nunca hubieras respirado, no pueden esperar que el día del cobro no llegue. Ese día llegó para la familia Neville y para Peter Grayson. Leah estaba aquí, bajo mi techo, y él debería estar volviéndose loco, desgarrando la ciudad, preguntándose en qué rincón oscuro se escondía su "trofeo". Sé exactamente lo que siente: tengo grabada esa sensación de agonía en el tuétano. Ese vacío de no saber es un cáncer mucho peor que la certeza de ser abandonado. Yo lo viví cuatro años; él no durará ni cuatro días. Había preparado algo de cenar. Un risotto de setas, el plato que ella siempre pedía en aquel pequeño restaurante italiano cerca de mi estudio. El aroma llenaba la cocina, una fragancia que en otro tiempo habría significado hogar, pero que ahora se sentía como una burla. —¿Quieres cenar? —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme después de cerrar la puerta principal con doble llave. El sonido del metal encajando fue como un disparo en el silencio de la casa. Leah no respondió. Se quedó de pie en medio de la sala, observando el lugar como si fuera el purgatorio. Y en cierto modo lo era: un espacio suspendido entre lo que fuimos y lo que el odio había construido. Llevaba el vestido de la fiesta rasgado en el dobladillo, su piel pálida contrastaba con la seda, y sus ojos... esos ojos que antes me miraban como si yo fuera el sol, ahora solo buscaban una salida. —¿Leah? —insistí, acercándome un paso. —¿Por qué crees que me conoces? —soltó la pregunta sin tacto, con una frustración que vibraba en el aire. El miedo inicial parecía haberse evaporado, dejando en su lugar una irritación punzante. —No lo creo. Te conozco. Y tú también a mí —respondí, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—. Aunque al parecer tu cabeza me borró, yo me encargaré de que cada centímetro de tu cuerpo me reconozca de nuevo. —Pues si te olvide, por algo fue —su comentario fue un estilete que se hundió directo en mi pecho. Me rompí por dentro, aunque mi rostro permaneció como una máscara de piedra—. No creo que fueras tan importante. De haberlo sido, sabría quién eres. Debería sentir algo al mirarte, y no siquiera se tu nombre. Me acerqué a ella con una lentitud peligrosa. "No eras importante". Ella era mi vida entera, mi musa, la razón por la que no me colgué de una sábana en Blackwood. —Eres mía, Leah. Lo eres desde los veintidós —sentencié, acorralándola contra la pared—. Me diste tu primera vez en un colchón viejo rodeado de lienzos. Conozco cada parte de ti. Sé que tienes un lunar justo en tu ingle en forma de mancha... y también sé exactamente por qué te tatuaste una libélula justo a su lado. Ella tragó con dificultad. Dio dos pasos hacia atrás, tropezando con sus propios pies, y empezó a respirar de manera acelerada. El pánico volvía, pero esta vez venía acompañado de la duda. —¿Recuerdas el motivo? ¿O también olvidaste cómo fui yo quien lo hizo? —mi voz bajó a un susurro ronco—. Olvidaste cómo, después de marcarte la piel, tuvimos sexo por horas en ese estudio, tanto que tuve que volver a retocar el diseño porque casi lo estropeamos con el roce de nuestros cuerpos. No soy un puto desconocido, Leah. Conozco hasta lo que estás pensando justo en este instante: te preguntas cómo puedo saber algo que solo tú y tu "marido" deberían conocer. Ella se llevó una mano a la cabeza y negó, cerrando los ojos con fuerza. Su mirada se volvió vacía mientras enfocaba un punto invisible en la pared. Parecía estar luchando, intentando viajar a ese instante, buscando entre la niebla de su amnesia una imagen, un sonido, una caricia. —Solo estás mintiendo —susurró, aunque su voz temblaba—. Peter me habló de mis cicatrices... él me dijo que.. —¿Acaso no está el lunar allí? ¿La libélula desapareció? —la corté, furioso—. ¿Cómo podría saber algo tan íntimo si no hubiera estado allí, sintiendo tu piel bajo mis dedos? —Eres un acosador... un maldito pervertido que ha estado vigilándome —me escupió, intentando recuperar su armadura de orgullo—. ¿Qué tienes pensado? ¿Vas a abusar de mí? ¿Es eso lo que quieres? Empecé a reír. No fue una risa de burla, sino de absoluta desesperación. Escucharla decir eso fue como recibir un balazo. Mi Leah, la mujer que se entregaba a mí con una devoción casi religiosa, ahora me miraba como a un violador. Peter Grayson no solo la había robado; la había reprogramado para odiar la única verdad que le quedaba. —No voy a quedarme. Tienes que dejarme salir... —empezó a caminar hacia la puerta con pasos erráticos. La detuve sujetándola del brazo y lo siguiente que sentí fue el impacto seco de su mano contra mi cara. El golpe hizo eco en la sala. Cerré los ojos ante el ardor de mi mejilla, aspirando el aire frío y repitiéndome una y otra vez que debía tener calma. Que ella no sabía lo que hacía. Ella empezó a golpear la puerta de madera maciza sin descanso, gritando por una ayuda que no llegaría. Verla así, tratándome como al enemigo, me dolía más que cualquier paliza que recibí en prisión. —Ya basta, Leah —le supliqué en voz baja, acercándome por detrás sin tocarla—. Vas a lastimarte las manos. No podrás salir y nadie vendrá por ti. No todavía. —¡Tengo que irme! ¡Debo volver a mi vida! ¡Mi esposo me espera! —gritaba ella, con la voz quebrada. —¡Ese maldito se ha estado aprovechando de ti! —rugí, perdiendo finalmente los estribos—. Perdiste la memoria y él ni siquiera tuvo la decencia de decirte quién eras realmente. Te construyó una mentira para poder poseerte. —¡Peter no! —se giró, enfrentándome con el rostro bañado en lágrimas—. Él es un hombre bueno... incapaz de algo así. Él me ama. —¿Bueno? —me reí, una risa amarga que me quemaba la garganta—. Ese "hombre bueno" se aprovechó de su posición como fiscal para fabricar pruebas en mi contra. Me envió al infierno cuatro años para quitarme del camino y poder quedarse contigo. Te armó una vida de mentiras y se casó con una mujer que no sabía no recuerda su propio propósito. Dime, Leah, ¿dónde está la bondad en borrar el pasado de alguien para esclavizarlo a su lado? Ella no respondió. Se quedó en silencio un segundo y luego volvió a arremeter contra la puerta. Golpeó hasta que sus nudillos se pusieron rojos, hasta que sus fuerzas se agotaron. Finalmente, se dejó caer al suelo, hundiéndose en un mar de sollozos silenciosos. Ver su cuerpo estremecerse así fue mi derrota final. Me acerqué y me puse de rodillas a su lado. —Leah, detente ya. Déjame llevarte a descansar. Estás agotada. Me miró. Sus ojos, empañados por el llanto, destilaban un odio tan puro que me hizo erizar la piel. Me odiaba con cada fibra de su ser. —No importa cuánto tiempo me tengas aquí —dijo con una voz fría y cortante—. No me importa lo que pretendas. Soy Leah Neville de Grayson y tú no harás que dude de mi esposo. Él es el hombre que ha estado a mi lado todo este tiempo. No eres más que un exconvicto resentido que odia a Peter y cree que puede lastimarlo a través de mí. Si es así, acaba conmigo de una vez... porque no voy a ser el medio para que destruyas al hombre que amo. Sus palabras terminaron de demoler lo poco que quedaba de mi corazón. Me puse de pie, sintiendo el peso de un siglo sobre mis hombros. —Tu habitación es la segunda al subir las escaleras —fue todo lo que pude decir. Mi voz sonaba muerta—. Sube. Ahora. La escuché subir los peldaños, el sonido de sus pasos alejándose de mí como todo en mi vida. Luego, el golpe seco de la puerta al cerrarse. Me dejé caer en el primer escalón, enterrando el rostro en mis manos. Y allí, en la soledad de esa casa prestada, me liberé. Lloré. Lloré con un llanto silencioso y violento que sacudía mis pulmones. Lloré por mi padre, por mis años perdidos, por la injusticia. Pero sobre todo, lloré porque la mujer que un día fue mi hogar acababa de decirme que amaba al hombre que nos destruyó. Flashback – 5 años atrás El zumbido de la máquina de tatuar era el único sonido en mi estudio. Leah estaba sentada sobre la mesa de madera, con la pierna derecha recogida. Yo estaba inclinado sobre ella, concentrado, grabando con tinta negra la figura de una pequeña libélula justo al lado de ese lunar que me volvía loco. —¿Te duele, enana? —pregunté, deteniéndome un segundo para limpiar el exceso de tinta. Ella sonrió, una sonrisa llena de luz que iluminaba hasta el rincón más oscuro de mi estudio. Me acarició el cabello con ternura. —Contigo nada duele, Kurt —susurró—. Quiero que esto sea un recordatorio. Las libélulas simbolizan el cambio, la madurez... y el amor que sobrevive a las tormentas. Ahora siempre llevaré algo hecho por tus manos en mi piel. Terminé el diseño y ella se miró en el espejo, fascinada. Se lanzó a mis brazos y me besó con una pasión que casi nos hace caer al suelo. Esa noche, hicimos el amor rodeados de pinceles y el olor a tinta fresca. Recuerdo haberla sostenido contra mi pecho, jurándole que nada ni nadie nos separaría. —Promételo, Kurt —me pidió ella, mirándome con una devoción absoluta—. Promete que, pase lo que pase, nunca me dejarás ir. —Te lo juro, Leah. Nunca te olvidaré. Ni en esta vida ni en la siguiente. Regresé al presente con un nudo en la garganta. Ella lo había olvidado. Ella había roto el juramento. Pero yo no. Me puse de pie, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano. Si Peter Grayson le había construido una vida de mentiras, yo me encargaría de prenderle fuego a cada una de ellas hasta que solo quedara la verdad. Aunque esa verdad nos quemara a ambos.






