Mundo ficciónIniciar sesiónPOV KURT SPENCER
La lealtad es una palabra que suena muy bien en las películas, pero que en las calles de Oakhaven tiene el mismo valor que un billete falso. Cuatro años me bastaron para entender que los "hermanos" de sangre no son los que juran morir por ti en una noche de alcohol, sino los que se quedan cuando el mundo decide escupirte. Caminé por el callejón trasero de The Velvet, el club nocturno más exclusivo de la zona norte. El olor a perfume caro, sudor y tabaco impregnaba el aire, trayéndome recuerdos de una vida que ya no me pertenecía. El portero, un tipo con el cuello más ancho que su cerebro, intentó cerrarme el paso, pero bastó una mirada de mis ojos cansados para que retrocediera. La cárcel te da un aura que el gimnasio no puede comprar: el aura de alguien que no tiene nada que perder. Subí a las oficinas de la planta alta sin llamar. La puerta de roble se abrió bajo mi empuje y me encontré con Elian. Estaba sentado tras un escritorio de cristal, contando fajos de billetes con la parsimonia de quien se cree dueño del mundo. Al verme, el color se le drenó del rostro. El fajo de billetes cayó sobre la mesa con un golpe sordo. —¿Kurt? —Su voz tembló, una nota aguda que delataba su miedo—. No esperaba verte fuera... Te dieron diez años, apenas han pasado cuatro. Me acerqué con pasos lentos, disfrutando del crujido de mis botas sobre la alfombra costosa. Me apoyé en el borde de su escritorio, invadiendo su espacio personal, dejando que el olor a prisión que todavía emanaba de mis poros lo asfixiara. —Lo sé —respondí, mi voz era un hilo de seda afilado—. Por eso todos se olvidaron de mí. Por eso mi nombre dejó de sonar en tus brindis, ¿verdad, Elian? Él tragó saliva, ajustándose el nudo de su corbata de seda. —Traté de ayudar, hermano... de verdad. Pero cuando Grayson empezó a presionar, cuando el fiscal puso la lupa sobre mis negocios... tuve que alejarme. No quería problemas. Sabes que lo que manejo aquí no es del todo legal. Solté una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Me incorporé, cruzando los brazos sobre mi pecho, haciendo que la camiseta negra se tensara contra mis músculos. —Justo por eso estoy aquí —le dije, fijando mi mirada azul glaciar en la suya—. Porque tus negocios no son legales y porque me debes cuatro años de silencio. Necesito dinero. Mucho. Y necesito las llaves de la propiedad que tienes a las afueras de la ciudad. La que usas para "desaparecer" cuando las cosas se ponen feas. Elian parpadeó, incrédulo. Una pequeña sonrisa nerviosa apareció en sus labios. —¿Bromeas, verdad? Kurt, esa casa vale una fortuna y el efectivo está comprometido con… —No tengo tiempo para bromas, y tú no tienes tiempo para negociar —lo corté, inclinándome hacia adelante hasta que nuestras narices casi se rozaron—. O me entregas las llaves y el dinero ahora mismo, o mi siguiente parada es el despacho de mi abogado para entregarle una lista detallada de tus rutas de distribución y tus lavanderías de activos. No tengo nada que perder, Elian. Ya estuve en el agujero. ¿Tú podrías sobrevivir allí? Elian palideció aún más. Las manos le temblaban mientras buscaba algo en el cajón de su escritorio. —Vamos, hermano... somos familia. No nos hagamos esto. —No me llames hermano —gruñí, golpeando el escritorio con la palma de la mano—. Un hermano no abandona. Un hermano no se esconde mientras el otro se pudre en una celda. Dame las llaves. Ahora. Diez minutos después, salí de allí con una bolsa de deporte cargada de billetes y un manojo de llaves que pesaba como el oro en mi bolsillo. Tenía el dinero, tenía el refugio y tenía un vehículo esperándome a dos calles. Elian me miró marchar con enojo, pero me daba igual. El enojo es un motor excelente, y yo tenía el tanque lleno. Tres días después El hotel Grand Imperial era un hervidero de fotógrafos y gente de la alta sociedad. La fiesta de aniversario número cuatro de los Grayson. El número cuatro me golpeaba en la cara como un insulto personal. Cuatro años de mi vida robados, celebrados con champán y diamantes por el hombre que me los quitó. Invertir parte del dinero de Elian en información había sido la mejor decisión. Sabía el despliegue de seguridad, las entradas de servicio y el horario del evento. Entrar fue ridículamente fácil. Un uniforme de mesero robado, una cabeza gacha y la actitud invisible de quien sirve las copas fueron mi pase de entrada. Me mantuve oculto en las sombras del salón principal, cerca de la cocina. Desde mi posición, podía verla. Leah estaba radiante. Llevaba un vestido de encaje blanco que la hacía parecer una virgen rodeada de pecadores. Reía, brindaba y aceptaba los halagos de mujeres enjoyadas que alababan la "pareja perfecta" que formaba con Peter. La veía tocar el brazo de Grayson con una familiaridad que me quemaba las entrañas. Se veía feliz. Se veía... completa. Peter alzó su copa, comenzando un discurso sobre la lealtad y el amor eterno. Sentí náuseas. Justo antes del brindis, vi a Leah excusarse. Se encaminó hacia el pasillo de los baños, alejándose del ruido y de la mirada vigilante de su marido. Esta era mi oportunidad. Dejé la bandeja sobre una mesa de servicio y me deslicé por el pasillo. Mis sentidos estaban alerta, mi corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra. Leah salió del tocador, retocándose el cabello en un gesto distraído. Antes de que pudiera dar tres pasos, me lancé sobre ella. Le tapé la boca con una mano, sofocando su grito antes de que naciera. Con la otra mano la sujeté por la cintura y, con un movimiento fluido y brusco, la arrastré hacia el cuarto de servicio más cercano, cerrando la puerta con el pie. Ella luchó. Dios, cómo luchó. Sus manos pequeñas golpeaban mi pecho y sus piernas intentaban patearme, pero era como una mariposa intentando derribar un muro de piedra. La sometí contra la puerta, usando mi peso para inmovilizarla. Sentí su aroma: vainilla y miedo. Ese perfume que me perseguía en mis sueños. La acerqué tanto a mí que podía sentir el calor de su piel a través de la seda de su vestido. Sus ojos estaban muy abiertos, inyectados de terror. —Shhh... —susurré cerca de su oído, dejando que mi aliento rozara su cuello—. Hola, enana. Leah se quedó rígida. El apodo, que solo yo usaba en la intimidad de nuestra cama, pareció golpearla, pero no con reconocimiento, sino con una confusión absoluta. Sus ojos buscaban desesperadamente una salida, una cara conocida en mi rostro endurecido, pero no parecía reconocerme. —Es hora de volver con tu hombre, Leah —continué, mi voz cargada de un sarcasmo amargo y una posesividad que no pude ocultar. Ella negó con la cabeza frenéticamente, sus ojos llenos de lágrimas. Liberé lentamente la presión de mis dedos sobre sus labios, pero mantuve mi cuerpo pegado al suyo, atrapándola entre la madera y mi furia. —¿Quién eres tú? —preguntó ella, con la voz temblando de una manera que me partió el alma en dos—. Por favor... no me hagas daño. No sé quién eres. Me quedé helado. No era una actuación. No era el miedo de alguien que reconoce a su captor. Era el vacío. La mirada de Leah Neville estaba limpia de cualquier rastro de mí. —¿Quién soy? —repetí, sintiendo cómo la oscuridad ganaba la última batalla en mi interior—. Soy el hombre al que le juraste que nunca olvidarías, Leah. Y voy a dedicar cada segundo de mi vida a demostrarte que las promesas hechas en mi cama se pagan con sangre. Afuera, la música del aniversario seguía sonando, celebrando una vida que estaba a punto de desaparecer para siempre.






