Me asusté y, forcejeando, intenté bajarme:
—¿Qué haces? ¡Suéltame!
Mateo me llevó en brazos a la sala y dijo, con una sonrisa seria:
—¿No crees que tu actuación es bastante torpe?
No le respondí, solo lo golpeaba con fuerza en el pecho, intentando zafarme de su abrazo. Pero mientras más me movía, más fuerte me sujetaba.
Muy pronto me dejó caer en el sofá.
Cuando intenté levantarme, él volvió a empujarme hacia abajo, apoyando una mano en el respaldo, atrapándome entre su cuerpo y el sillón.
Me mi