Mateo terminó su frase y, molesto, me mordió la oreja.
Me estremecí entera, la cara se me puso roja hasta el cuello.
Lo agarré de los hombros, tartamudeando:
—Tú... tú no hagas eso, yo... yo tengo sueño, quiero subir a dormir.
—¿Dormir? Esta noche no pienso dejarte escapar.
Después de decir eso, me volvió a besar los labios.
Una mano me sujetaba de la cintura, la otra me sostenía la cabeza, impidiéndome retroceder.
Su beso tenía un matiz de castigo, pero al mismo tiempo era tierno.
Sus dedos, la