Mateo bajó la cabeza, como si estuviera pensando en algo.
Tampoco se servía, solo comía bocados pequeños.
No me aguanté las ganas de servirle un poco de comida en su plato, y le pregunté:
—¿Estás pensando en algo?
Él me sonrió:
—No, come.
Su sonrisa se veía muy forzada.
Como vi que no iba a decirme nada más, solo bajé la cabeza y seguí comiendo.
Cuando terminé y solté los cubiertos, Mateo por fin habló.
—Tengo un regalo para ti.
Me sorprendí:
—¿Qué regalo?
No respondió, solo me entregó una cajit