Yo seguía de pie, sin atreverme a moverme.
Temía que Mateo, impaciente, quisiera aprovechar la oficina (o incluso ese escritorio) para...
Al fin y al cabo, en el pasado, cuando tenía ganas, nada lo detenía.
Como si hubiera adivinado mis pensamientos, me dijo divertido:
—¿Y ahora te echas para atrás? ¿Dónde quedó la mujer que me provocaba hace unos días?
Y eso que nunca había sido descarada de verdad.
—Ven.
Me llamó de nuevo, con una mirada tan tierna que me derretí por dentro.
Con el corazón lat