Él me fulminó con la mirada:
—¿Eres un perro o qué?
—Bájame, quiero ir a comprar vino.
Mateo no respondió, simplemente me cargó a toda prisa de nuevo dentro de la casa y me empujó con brusquedad para sentarme en la silla.
Yo intenté levantarme, pero de repente me gritó:
—¡No te muevas!
Mi cuerpo tembló entero con su rugido, y la tristeza y la rabia me invadieron aún más.
Pensar que me odiaba tanto, que se atrevía a meterse a la fuerza en mi casa y encima a gritarme, se sintió muy injusto.
Se me